Traté de vomitarlo y no funcionó, traté de matarlo de hambre y tampoco sirvió. Traté de dibujarlo, de gritarlo y de cantarlo, pero no sirvió. Traté de que se drenara junto con la sangre que salía, a chorros a veces y a gotitas otras, de los cortes en mis muñecas y mi pecho, pero eso tampoco sirvió.
Nunca nada sirvió...
Ahora trato de escribirlo, pero como todo lo antes nombrado sólo va a alejarme unos efímeros momentos de mi realidad y luego no voy a tener otra opción que volver a hundirme en el mar tormentoso y gris que es ésta.
Pero mi mundo no es totalmente gris. Ese mar que llamo mundo y que más que un mar es una sopera llena de agua también sabe ser de un azul profundo que se mezcla con un celeste cielo en el que floto y nado tranquila, riendo como si no existiera nada más que él y yo. Cada vez que aparece, mi dolor se desvanece, se evapora sin necesidad de vomitarlo, ayunarlo, dibujarlo, gritarlo, cantarlo ni desangrarlo. Espero ansiosa sus ojos en los que veo todo el amor que nunca me dieron, sus labios que me curan heridas viejas y nuevas y sus manos que me dejan sumida en un trance del que me gustaría nunca despertar.
Cuando llega, mi mar se llena de promesas, de sonrisas, de abrazos, besos, canciones y risas que inundan toda la sopera rebotando contra sus paredes y formando un eco que hace temblar a todos los dioses que alguna vez existieron. Que hace retorcer de odio al macabro rostro de mi dolor.
Y yo vuelvo a saber que nadie se merece esa inmensa felicidad más que yo, me trago todas esas palabras que nunca creí que iba a escuchar y mi mundo se llena de promesas que poco a poco se cumplen y me cosen las heridas.
¿Qué hago cuando se va? Desahogo el dolor con alguna de las maneras ya dichas, o duermo, o busco nuevas formas mayormente autodestructivas de calmar las aguas hasta que una palabra, un recuerdo, un olor... Algo me recuerde todas las promesas y me incite a seguir nadando en aguas agitadas hasta que el sol me vuelva a iluminar. Hasta que esos ojos me miren con amor. Hasta que esos labios me besen. Hasta que esa sonrisa se me contagie. Hasta que las promesas se vuelvan a cumplir.
Nunca nada sirvió...
Ahora trato de escribirlo, pero como todo lo antes nombrado sólo va a alejarme unos efímeros momentos de mi realidad y luego no voy a tener otra opción que volver a hundirme en el mar tormentoso y gris que es ésta.
Pero mi mundo no es totalmente gris. Ese mar que llamo mundo y que más que un mar es una sopera llena de agua también sabe ser de un azul profundo que se mezcla con un celeste cielo en el que floto y nado tranquila, riendo como si no existiera nada más que él y yo. Cada vez que aparece, mi dolor se desvanece, se evapora sin necesidad de vomitarlo, ayunarlo, dibujarlo, gritarlo, cantarlo ni desangrarlo. Espero ansiosa sus ojos en los que veo todo el amor que nunca me dieron, sus labios que me curan heridas viejas y nuevas y sus manos que me dejan sumida en un trance del que me gustaría nunca despertar.
Cuando llega, mi mar se llena de promesas, de sonrisas, de abrazos, besos, canciones y risas que inundan toda la sopera rebotando contra sus paredes y formando un eco que hace temblar a todos los dioses que alguna vez existieron. Que hace retorcer de odio al macabro rostro de mi dolor.
Y yo vuelvo a saber que nadie se merece esa inmensa felicidad más que yo, me trago todas esas palabras que nunca creí que iba a escuchar y mi mundo se llena de promesas que poco a poco se cumplen y me cosen las heridas.
¿Qué hago cuando se va? Desahogo el dolor con alguna de las maneras ya dichas, o duermo, o busco nuevas formas mayormente autodestructivas de calmar las aguas hasta que una palabra, un recuerdo, un olor... Algo me recuerde todas las promesas y me incite a seguir nadando en aguas agitadas hasta que el sol me vuelva a iluminar. Hasta que esos ojos me miren con amor. Hasta que esos labios me besen. Hasta que esa sonrisa se me contagie. Hasta que las promesas se vuelvan a cumplir.

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